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Diez años ganándole terreno a la miopía: la historia de Martina desde el aula hasta la universidad

Martina tenía nueve años cuando comenzaron la adaptación de lentes Orto-K. Desde entonces las utiliza mientras duerme y las retira al despertarse para poder ver durante el día sin corrección

Martina Muñoz Clavero pasa por una revisión visual en el gabinete de Ana Belén Cisneros. FOTO: Coocyl

Por Modaengafas - 09/09/2026

Hay historias que empiezan con un gesto pequeño. Una niña que entrecierra los ojos. Una pantalla que se vuelve borrosa desde el fondo del aula. Una mano que se levanta para pedir que repitan algo que los demás parecen haber visto sin dificultad.

La de Martina Muñoz Clavero comenzó así, cuando tenía ocho años y cursaba segundo de primaria. Casi una década después, aquella niña de Valladolid está a punto de cumplir 18 años y comienza una nueva etapa como estudiante universitaria. Entre ambos momentos hay años de colegio, instituto, revisiones, noches colocándose unas lentes y mañanas despertándose con la posibilidad de desenvolverse durante todo el día sin gafas ni lentillas.

También hay una miopía cuya progresión se ha mantenido bajo control durante prácticamente una década mediante lentes de ortoqueratología (orto-K)..

“Es que no veo la pantalla”

Antes de las revisiones y del tratamiento hubo una pizarra que Martina no conseguía ver. Tenía ocho años y ocupaba habitualmente los últimos lugares de la clase. Ella misma recuerda el motivo con humor.

“Estaba en clase y me ponían siempre atrás porque nunca la he liado, y sentaban adelante a los que se portaban peor, pero yo pensaba: Es que no veo la pantalla, y estaba siempre pidiendo que me repitieran las cosas”.

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Finalmente se lo contó a su madre y ella le dijo: “Pues vamos con Ana y que te mire”. Aquella visita abrió una historia que continúa casi diez años después. En mayo de 2016, Martina comenzó a utilizar gafas con alrededor de una dioptría. Había además un elemento que aconsejaba prestar especial atención a su evolución: tanto su madre como su padre son miopes.

Su óptica-optometrista, Ana Belén Cisneros, vicedecana de Coocyl, decidió vigilar estrechamente aquella miopía. Y la graduación empezó a correr.

En aproximadamente dos años aumentó unas dos dioptrías en cada ojo. Hubo periodos en los que avanzaba alrededor de media dioptría cada cinco o seis meses.

“Le dije a su madre que había que hacer un tratamiento de control de miopía e intentar frenar esa progresión”, recuerda Cisneros.

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Martina tenía nueve años cuando comenzaron la adaptación de lentes orto-K. Desde entonces las utiliza mientras duerme y las retira al despertarse para poder ver durante el día sin corrección. Pero llegar hasta ahí no fue sencillo.

A los nueve años, una lente podía convertirse en una montaña. Martina recuerda perfectamente aquellas primeras noches y la dificultad de aprender a colocárselas.

“Yo lo pasaba fatal al principio. Quitármelas, muy bien; pero para ponérmelas me pasaba horas sentada en la mesa llorando porque no podía”.

La escena se repitió hasta que dejó de hacerlo. Con paciencia, acompañamiento familiar y seguimiento profesional, aquello que parecía una odisea terminó convirtiéndose en un gesto cotidiano. Hoy Martina se coloca las lentes prácticamente de manera automática.

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“Después de tantos años ya me sale solo. Pero recuerdo que al principio era una odisea. Luego, el hecho de poder ver durante el día y no tener que llevar nada me parece una maravilla”.

Quizá la mejor medida de hasta qué punto forman parte de su vida llegó precisamente cuando dejó de utilizarlas durante unos días.

Fue durante el Camino de Santiago. Martina decidió prescindir del material necesario para las lentes y llevar gafas.

No tardó en echarlas de menos. “Cada día veía peor y yo decía: Quiero mis lentillas, quiero mis lentillas. Para mí es una tranquilidad: te las pones por la noche y el resto del día estás perfectamente, sin preocupaciones”.

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Una década en la que la miopía dejó de correr

La diferencia entre aquella niña de nueve años y la joven que hoy empieza la universidad también puede expresarse en dioptrías.

Para conocer exactamente la graduación actual de Martina sería necesario suspender temporalmente el uso de las lentes. Sin embargo, los cálculos realizados durante sus revisiones indican que su miopía habría progresado únicamente entre media y 0,75 dioptrías en casi una década.

Antes de comenzar el control había llegado a avanzar a un ritmo aproximado de una dioptría anual. “Es increíble. Conseguimos actuar en el momento justo”, afirma Cisneros.

Las lentes Orto-K son lentes rígidas especialmente diseñadas para modificar temporalmente la geometría corneal durante el sueño. Permiten una buena visión durante el día sin gafas ni lentes de contacto y constituyen una de las opciones disponibles actualmente para controlar la progresión de la miopía.

Pero detrás del objetivo de contener las dioptrías existe una cuestión que va más allá de la comodidad de pasar el día sin gafas.

Cisneros lo resume de manera sencilla: “No es igual un ojo con tres dioptrías de miopía que uno con seis”.

Según explica, cuanto mayor es la elongación del ojo, mayores son determinados riesgos futuros para la salud ocular, entre ellos el desprendimiento de retina, el glaucoma o la maculopatía miópica.

Controlar la miopía durante el crecimiento significa, por tanto, intentar impedir que una miopía infantil continúe avanzando hasta alcanzar valores elevados y reducir los riesgos asociados.

Cuando no ver también dificulta aprender

Martina no necesita que nadie le explique qué significa intentar seguir una clase cuando las letras se desdibujan. Lo vivió.

“Como no veía, me tenían que poner delante y me sentía un poco un incordio. Estaba todo el rato diciendo: ¿Me puedes volver a poner la diapositiva?, ¿me lo puedes poner más grande? Cuando empecé con las lentillas ya veía todo lo que necesitaba».

Ahora está a punto de entrar en la universidad y contempla aquella experiencia desde la distancia.

“Influye mucho. Cuando vas creciendo, todo se ve en la pizarra. El profesor explica y eres tú quien tiene que coger los apuntes y estar atento. Cuanto mejor veas, más

Una relación construida revisión a revisión

La historia de Martina tampoco termina en unas lentes que se colocan al acostarse y se retiran cada mañana.

Durante todos estos años ha habido revisiones periódicas, educación sanitaria y colaboración entre la familia, la paciente y su óptica-optometrista.

“Cuando son tan pequeños los vemos cada tres meses. Hay que explicarles a ellos y también a los padres qué tienen que hacer, cómo cuidar las lentes y cuándo no deben utilizarlas. Las revisiones son fundamentales”, explica Cisneros.

Martina tuvo ocasión de comprobarlo. En una ocasión se produjo una pequeña lesión ocular al colocarse incorrectamente una lente. Ella no había advertido el problema. Fue Cisneros quien lo detectó durante una revisión.

Casi diez años de seguimiento han terminado construyendo algo que no se mide en una graduación: la confianza.

Es quizá uno de los hilos menos visibles de esta historia. Martina creció y su visión fue cambiando, pero al otro lado permaneció la misma profesional que había comenzado a seguirla cuando apenas era una niña.

La historia de Martina Muñoz Clavero forma parte de la campaña #COOCYLConLosPacientes, puesta en marcha el pasado mes de octubre por el Colegio de Ópticos-Optometristas de Castilla y León con motivo del Día Mundial de la Visión para visibilizar la labor sanitaria de los ópticos-optometristas y mostrar, a través de testimonios reales, cómo una atención visual especializada puede cambiar la vida de las personas.

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