ads

‘Veía, pero no entendía’: cómo la terapia visual cambió la vida de una paciente con miastenia gravis

Cuando acudió a la consulta del óptico-optometrista José M. Gómez González, a finales de 2024, la dificultad era evidente desde el primer momento. La visión doble era constante. No se trataba de un problema de graduación, sino de algo más complejo

María José Moro Fraile realiza terapia visual con el óptico-optometrista José M. Gómez. FOTO: Coocyl

Por Redacción - 23/03/2026

María José Moro Fraile aprendió a desconfiar de sus propios ojos antes incluso de dejar de ver con claridad. Vecina de Zamora, convivía con una certeza inquietante: lo que tenía delante no siempre era lo que su cerebro lograba ordenar. Veía, sí, pero no terminaba de comprender lo que veía. Y en ese desfase silencioso comenzó a instalarse el miedo.

El diagnóstico llegó con nombre propio: miastenia gravis. Una enfermedad autoinmune que, en su caso, eligió los músculos oculares como campo de batalla. La diplopía —esa visión doble persistente—, la inestabilidad visual y la sensación de inseguridad fueron estrechando poco a poco su mundo cotidiano. Conducir dejó de ser un gesto automático; trabajar frente al ordenador, un esfuerzo incierto; bajar unas escaleras, un pequeño desafío.

“Yo veía, pero no asimilaba lo que veía. Me sentía insegura”, recuerda. Y en esa inseguridad se insinuó una renuncia: quizá tendría que dejar de conducir, tal vez incluso de leer, algo que siempre había formado parte de su vida.

La miastenia gravis no se manifiesta de forma constante. Oscila. Avanza y retrocede. En el caso de María José, esa variabilidad se traducía en una visión imprevisible, marcada por “picos y bajadas” que impedían cualquier estabilidad. Ni siquiera los ajustes de medicación lograban ofrecerle una base firme.

Cuando acudió a la consulta del óptico-optometrista José M. Gómez González, a finales de 2024, la dificultad era evidente desde el primer momento. La visión doble era constante. No se trataba de un problema de graduación, sino de algo más complejo: un fallo en la coordinación binocular, en la forma en que ambos ojos trabajan juntos para construir una única imagen del mundo.

A partir de ahí comenzó un proceso distinto. No inmediato, no milagroso, pero sí sostenido. Un plan de terapia visual diseñado específicamente para ella. Durante seis meses, María José acudió a 24 sesiones, una cada semana, acompañadas de trabajo en casa. El objetivo no era solo corregir un síntoma, sino reeducar su sistema visual: mejorar la localización espacial, la fusión binocular, la coordinación visuo-vestibular y la propiocepción.

El primer paso fue casi básico: aprender a reconocer cuándo veía doble y por qué. Nombrar el problema para empezar a entenderlo. Y poco a poco, sesión tras sesión, comenzaron a aparecer los cambios.

“A las ocho sesiones ya notaba mejoras importantes”, explica el optometrista.

La evolución fue progresiva, pero decisiva. Al finalizar el tratamiento, la diplopía desapareció en condiciones normales. Para los momentos de mayor fatiga, se incorporó una ayuda puntual: prismas gemelos base inferior en sus gafas, que utiliza solo cuando lo necesita, como en trayectos largos o situaciones de mayor exigencia visual.

Pero más allá de los parámetros clínicos, hubo un cambio inmediato y profundo: la recuperación de la seguridad.

“Para mí fue respirar”, dice. “Pasé de no poder ir tranquila ni siquiera de copiloto a hacer un viaje Zamora-Gijón conduciendo con normalidad. Volví a sentirme capaz”.

En su relato no hay épica, sino alivio. La sensación de volver a habitar su propia vida sin la constante sospecha de que algo fallará en cualquier momento. De poder confiar, otra vez, en sus propios ojos.

María José lo expresa con claridad: el impacto de la terapia visual fue, para ella, incluso mayor que el de la medicación. Y junto a esa afirmación aparece una idea que le pesa: el desconocimiento.

“Me da pena que haya gente que no sepa que esto existe”.

Porque durante un tiempo, ella misma creyó que debía resignarse. Que aquella forma de ver —inestable, insegura— era el precio inevitable de su enfermedad. “Pensaba que tenía que acostumbrarme a vivir así”, explica. Y sin embargo, no era la única opción.

Por eso insiste en la importancia de preguntar, de buscar ayuda especializada, de acudir a profesionales formados en terapia visual. No conformarse con la primera respuesta, no asumir que todo está decidido.

En su caso, además, hubo otro elemento determinante: sentirse acompañada. No solo evaluada, sino parte activa de un proceso de mejora. “Aquí no solo me decían si iba mejor o peor, aquí trabajaba para mejorar. Y yo veía mis avances”.

Hoy, tras recibir el alta, mantiene estabilidad visual. Realiza revisiones periódicas y recurre a los prismas solo en momentos concretos de fatiga. Pero, sobre todo, conserva algo menos tangible y más importante: la tranquilidad de saber que dispone de herramientas y de profesionales a los que acudir si lo necesita.

Su historia pone en primer plano el papel sanitario del óptico-optometrista, una figura a menudo asociada únicamente a la graduación de la vista, pero que puede intervenir de forma activa en la rehabilitación visual. La terapia visual, lejos de ser una rutina estándar de ejercicios, es un tratamiento individualizado que se adapta a cada paciente y a cada patología, abordando no solo el síntoma, sino su impacto en la vida diaria.

Casos como el de María José muestran que, incluso en enfermedades complejas, existen márgenes de mejora cuando se trabaja sobre el sistema visual de forma específica. También evidencian la necesidad de una mayor coordinación entre disciplinas sanitarias y de una mayor difusión de estas opciones terapéuticas.

Ella lo resume desde su propia experiencia, sin tecnicismos: “Ha sido un antes y un después. No es magia, es trabajo. Pero volver a sentir que controlas tu visión y tu vida es algo que no se puede explicar”.

Con el caso de esta mujer, el Colegio de Ópticos-Optometristas de Castilla y León continúa dando voz a pacientes reales para visibilizar cómo un abordaje optométrico personalizado puede marcar la diferencia, incluso en enfermedades sistémicas complejas. “Ha sido un antes y un después. No es magia, es trabajo. Pero volver a sentir que controlas tu visión y tu vida es algo que no se puede explicar”, concluye María José Moro.

El testimonio parte de la campaña #COOCYLConLosPacientes, que el Coocyl  lanzó el pasado octubre, coincidiendo con el Día Mundial de la Visión, para mostrar cómo la atención personalizada de los ópticos-optometristas transforma vidas y mejora la salud visual de la población.

Compartir:
Redacción
Redacción
Newsletter

Suscríbete a la newsletter de modaengafas.com

© modagafas.com 2026 - Desarrollo web Develona