Hay frases que se quedan para siempre en la memoria de una madre. Valentina Rendón conserva una con especial nitidez: “Mamá, puedo ver, puedo ver”. Su hijo Jean Pooll la repetía una y otra vez al salir de casa, durante aquellos primeros días en los que descubrió que podía enfrentarse al mundo sin las gafas que le habían acompañado desde tan pequeño.
“Mamá, puedo ver”: la orto-K cambia la vida de Jean Pool
Y quizá ahí resida el verdadero valor de historias como la suya. Porque, a veces, la salud visual no consiste únicamente en ganar dioptrías o frenar una progresión. A veces consiste en devolverle a un niño algo tan esencial como la despreocupación
Estefanía García Cerviño, la óptico-optometrista que acompaña a Jean Pool en su tratamiento de orto-k. FOTO: Coocyl
Jean Pooll tiene siete años y vive en Salamanca. Como tantos niños de su edad, sueña con el fútbol, corre detrás de un balón y espera el verano como un territorio sin horarios, lleno de parques, partidos improvisados y tardes al aire libre. Pero hasta hace muy poco, cada carrera comenzaba igual: buscando unas gafas.
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Porque para Jean ver nunca había sido algo natural. Su miopía avanzaba deprisa. Casi una dioptría en apenas un año. La herencia familiar ya había escrito parte de esa historia antes de que él naciera, pero el tiempo corría y era necesario actuar.
Entonces llegó una nueva posibilidad: la ortoqueratología, esas lentes que se colocan mientras el niño duerme y que, durante el día, le permiten mirar el mundo sin barreras.
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La transformación fue casi inmediata.
Estefanía García Cerviño, la óptico-optometrista que le acompaña en este proceso, todavía recuerda la primera revisión tras aquella primera noche. Jean entró en la consulta sonriendo de lado a lado. Quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, no había necesitado ponerse las gafas nada más abrir los ojos. Quizá porque había descubierto algo tan sencillo y tan extraordinario como levantarse, ir al colegio y seguir su rutina siendo simplemente un niño.
Desde entonces, las mañanas cambiaron en casa de los Rendón.
“Mamá, puedo ver”.
No era solo una frase. Era el asombro de quien descubre una nueva forma de vivir. Era la alegría de un niño que ya no tiene que preocuparse por si las gafas se caen mientras juega. Era la emoción de mirar la pizarra con claridad, de correr con sus amigos en el parque o de celebrar un gol sin miedo a romper una montura.
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Este verano, Jean Pooll afronta las vacaciones de otra manera. Seguidor del FC Barcelona, de la selección colombiana y de la selección española, podrá vivir el fútbol como más le gusta: jugando. Sin gafas. Sin limitaciones. Con la libertad propia de la infancia.
Y quizá ahí resida el verdadero valor de historias como la suya. Porque, a veces, la salud visual no consiste únicamente en ganar dioptrías o frenar una progresión. A veces consiste en devolverle a un niño algo tan esencial como la despreocupación.
La posibilidad de correr, de jugar, de mirar el mundo y, sencillamente, sentirse libre.
La historia de Jean Pooll forma parte de la campaña #COOCYLConLosPacientes, puesta en marcha el pasado mes de octubre por el Colegio de Ópticos-Optometristas de Castilla y León con motivo del Día Mundial de la Visión para visibilizar la labor sanitaria de los ópticos-optometristas y mostrar, a través de testimonios reales, cómo una atención visual especializada puede cambiar la vida de las personas.
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