El eclipse de sol del 12 de agosto ha sido toda una experiencia. En todos los sentidos. Quienes tuvimos la oportunidad de contemplarlo disfrutamos de uno de esos acontecimientos que difícilmente volveremos a ver en lo que nos queda de vida.
Las gafas que protegían demasiado: anatomía de un escándalo a la sombra del eclipse
Una cosa es informar de una retirada del mercado y explicar con precisión sus causas, y otra muy distinta construir alrededor de ella un pequeño escándalo. Las palabras importan. Los titulares también.
Pero en esta España donde uno de los deportes nacionales parece ser echarle sal al café, el eclipse también abrió la puerta al “escándalo”. De repente, comenzaron a sucederse las informaciones sobre la retirada del mercado de determinadas gafas que supuestamente no cumplían con los requisitos exigidos para observar el fenómeno con seguridad.
Como si de un serial se tratara, los titulares sobre las gafas chungas fueron apareciendo uno tras otro. Primero eran seis. Después se sumaba una más. La cuenta crecía y, con ella, la sensación de que algo grave estaba ocurriendo.
La realidad, sin embargo, era bastante más prosaica y, sobre todo, necesitaba contexto.
Las gafas retiradas del mercado protegían más frente a la radiación solar. Así lo explicó Óscar Pérez, fundador y director general de Óptica Bajo Aragón, durante su intervención en el programa Aquí y Ahora, de Aragón TV.
Pérez señaló que las gafas en cuestión tenían una transmitancia menor en la lente. Dicho de otra manera, eran “un pelín más oscuras”. Y eso, según dijo, significaba que se trataba de unas gafas que ofrecían más protección.
El propio Consejo General de Colegios de Ópticos-Optometristas salió al paso de la polémica para aclarar una cuestión fundamental. La incidencia detectada por Consumo no se debía a que las gafas permitieran el paso de demasiada radiación solar. El problema era precisamente el contrario. Su elevada oscuridad podía dificultar la localización del disco solar.
La diferencia no es menor. Sobre todo, cuando hablamos de un producto cuya retirada del mercado, asociada a conceptos como “alerta”, “riesgo” o “incumplimiento”, puede generar entre los consumidores la impresión de que estaban ante unas gafas que no protegían adecuadamente sus ojos. Y lo cierto es que su venta fue aprobada por las autoridades sanitarias, tras cumplir con todos los requisitos establecidos.
Habrá quien argumente que, cuando está en juego la salud visual, siempre es mejor pecar por exceso que por defecto. Y seguramente tenga razón. El rigor debe ser absoluto cuando millones de personas se disponen a mirar hacia el sol.
Pero el rigor debe funcionar en las dos direcciones.
Porque una cosa es informar de una retirada del mercado y explicar con precisión sus causas, y otra muy distinta construir alrededor de ella un pequeño escándalo. Las palabras importan. Los titulares también. Y mucho más cuando en esas informaciones aparecen nombres de empresas que llevan años construyendo una reputación y de cuyo funcionamiento dependen miles de familias (de las que no habla Facua).
El eclipse duró apenas unos minutos. El ruido alrededor de las gafas, bastante más. Y mientras la luna se apartaba lentamente del sol, dejando atrás uno de los grandes acontecimientos astronómicos de nuestras vidas, algunas empresas tuvieron que enfrentarse a otro fenómeno mucho más terrenal: ver cómo su prestigio podía quedar mancillado por una opinión elevada, a golpe de titular, a la categoría de “periodicazo”.
Informar de una alerta es periodismo. Explicar exactamente qué significa también debería serlo.
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