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El papel esencial del óptico-optometrista en la salud visual del siglo XXI

Acudir a una óptica ya no es únicamente una cuestión de graduarse la vista. Es, cada vez más, un primer contacto sanitario, cercano, accesible e inmediato

Estefanía García Cerviño, directora técnica de LiverÓptica.

Por Jaime Cevallos - 27/04/2026

Este artículo forma parte del Dossier dossier “Ópticos-optometristas: a las puertas del Sistema Nacional de Salud”

En el mapa silencioso de la salud pública, hay profesiones que no siempre ocupan titulares, pero sostienen el día a día de millones de personas. Entre ellas, la óptica-optometría ha ido ganando terreno, discreta pero firme, hasta consolidarse como una de las primeras puertas de acceso a la salud visual. De las islas a la Península, en grandes ciudades y pequeñas localidades, el papel del óptico-optometrista no solo crece: se redefine.

Hoy, acudir a una óptica ya no es únicamente una cuestión de graduarse la vista. Es, cada vez más, un primer contacto sanitario, cercano, accesible, inmediato. Un lugar donde empiezan a resolverse problemas que, de no detectarse a tiempo, pueden acompañar a una persona durante toda su vida.

El aumento del valor de estos profesionales no es casual. Responde, en gran medida, a una transformación profunda de la sociedad. Por un lado, los más jóvenes —especialmente adolescentes— viven inmersos en nuevos hábitos visuales: pantallas constantes, esfuerzo acomodativo prolongado, menos tiempo al aire libre. El resultado es una tendencia preocupante: la miopía infantil avanza a un ritmo acelerado.

Las cifras hablan por sí solas. La Organización Mundial de la Salud prevé que, en 2050, el 52% de la población mundial será miope, frente al 27% registrado en 2011. Más allá del dato clínico, el impacto económico ya es tangible: en 2015, las pérdidas de productividad derivadas de la miopía no corregida en adultos alcanzaron los 244.000 millones de dólares. Un problema que empieza en la infancia, pero que proyecta sus efectos a lo largo de toda la vida.

En el otro extremo demográfico, la realidad es igualmente contundente. España envejece. El aumento sostenido de la población de mayor edad trae consigo una expansión directa de la presbicia y otras afecciones visuales asociadas. Según el Instituto Nacional de Estadística, más de 15 millones de personas se sitúan en la franja entre los 20 y 60 años, lo que anticipa un crecimiento progresivo de estas necesidades en las próximas décadas.

La cercanía como valor sanitario

Aunque el foco suele situarse en las grandes capitales, es en las pequeñas y medianas ciudades donde la figura del óptico-optometrista adquiere una dimensión especialmente relevante. En entornos donde la proximidad marca la diferencia, estos profesionales se convierten en referentes de confianza.

Es el caso de Cuenca, con sus algo más de 53.000 habitantes. Allí, Nacho Pérez, director de Central Óptica Cristal, resume con claridad esa función esencial:

“Nuestro papel es importante, ya que actuamos como primer nivel de atención visual. Somos un centro cercano y accesible para los pacientes, que pueden acudir a nosotros ante cualquier duda sobre su salud visual. Si detectamos algún problema, derivamos al especialista”.

La práctica diaria confirma esa cercanía. En una ciudad que envejece, la atención a personas mayores es constante.

“Atendemos a mucha gente mayor. Nuestro objetivo es conseguir la mejor agudeza visual posible para cada paciente, aconsejando el tipo de lente más adecuado y detectando posibles cataratas u otros problemas”.

Pero la otra cara de la consulta está en los más pequeños.

“Ofrecemos distintas alternativas para frenar la miopía infantil, como lentes oftálmicas específicas, lentes de contacto u ortoqueratología”.

En ese equilibrio entre prevención, detección y seguimiento se dibuja el alcance real de la profesión.

Salamanca: ver para aprender

A cientos de kilómetros, en una ciudad con un pulso completamente distinto, la óptica-optometría adquiere otro matiz. Salamanca, con miles de estudiantes universitarios, convierte la salud visual en un factor directamente ligado al rendimiento académico.

Estefanía García Cerviño, al frente de LiberÓptica, lo explica con precisión:

“En una ciudad como Salamanca, el papel del óptico es clave porque la salud visual influye muchísimo en el día a día de los estudiantes. Pasan muchas horas estudiando, leyendo y usando pantallas. Muchas veces normalizan molestias como dolores de cabeza, fatiga visual o dificultad para concentrarse, y ahí nuestro trabajo es fundamental”.

La visión, en este contexto, deja de ser solo una cuestión clínica para convertirse en una herramienta de rendimiento y bienestar.

“Nuestro papel no es solo poner unas gafas, sino detectar necesidades, asesorar bien y ayudar a que esa persona rinda mejor y viva con más comodidad”.

Las consecuencias de una mala visión en estudiantes son profundas y, a menudo, invisibles:

“No es solo ver borroso. Es fatiga, dolores de cabeza, dificultad para concentrarse, peor comprensión lectora… El alumno puede esforzarse, pero si no ve bien, rinde por debajo de su capacidad. Y eso puede afectar incluso a su motivación y autoestima”.

(LADILLO) Ver bien para seguir siendo independiente

En la población mayor, la dimensión del trabajo adquiere un carácter aún más humano.

“Cuando ayudamos a una persona mayor a ver mejor, también le ayudamos a mantener su autonomía, su seguridad y su conexión con el entorno. Ver bien es poder leer, pasear sin miedo, reconocer a los tuyos… seguir siendo independiente”.

No se trata solo de corregir una graduación, sino de preservar la calidad de vida. De sostener, en muchos casos, la dignidad cotidiana.

Una profesión sanitaria… y profundamente humana

Más allá de los datos, las cifras y los contextos, hay una idea que atraviesa toda la profesión: su dimensión humana.

“Ser óptico-optometrista es tener la oportunidad de ayudar a las personas desde algo tan importante como la visión. Es una profesión sanitaria, pero también muy humana”, explica García Cerviño.

En un entorno donde la información circula sin filtro, el papel del profesional también pasa por educar y orientar:

“Es nuestra responsabilidad desmentir bulos y explicar con claridad que no existen soluciones mágicas. La salud visual debe tratarse con rigor y evidencia”.

Y, especialmente, en la infancia, donde el impacto puede ser determinante:

“Ayudar a un niño a ver mejor muchas veces es ayudarle a aprender mejor, a sentirse más seguro y a desarrollar su potencial”.

Más allá de la mirada

De las islas a la Península, de Cuenca a Salamanca, la óptica-optometría dibuja una red silenciosa pero esencial. Una red que conecta prevención, diagnóstico temprano y acompañamiento. Que traduce cifras globales en soluciones concretas. Y que, en última instancia, recuerda algo fundamental: ver bien no es solo una cuestión de ojos, sino de vida.

Porque, como resume la propia profesión, se trata de cuidar la visión, sí. Pero, sobre todo, de cuidar a las personas.

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Jaime Cevallos
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