Pregunta: La historia de su familia en el mundo de la óptica se remonta a la Italia de 1842. ¿Qué sabe de aquellos antepasados y cómo ha llegado ese legado hasta usted? ¿En qué momento sintió que también quería formar parte de esa historia?
Ricardo Roca: “Me sigue emocionando comprobar que nuestro trabajo tiene una consecuencia concreta en la vida de una persona”
Heredero de una tradición familiar que se remonta a la Italia de 1842, Ricardo Roca ha dedicado más de cuatro décadas a una profesión que entiende mucho más allá de la venta de gafas. Especializado en baja visión y rehabilitación visual, ha hecho de la atención personalizada y del compromiso con los pacientes las señas de identidad de su trayectoria
Ricardo Roca.
Respuesta: Según la historia que se ha transmitido en mi familia, uno de nuestros antepasados aprendió el oficio junto a Giovanni Battista Amici, astrónomo, constructor de instrumentos y microscopista en la Florencia del siglo XIX. Se habría incorporado como artesano a su taller, un entorno donde se combinaban la investigación, el diseño de lentes y la fabricación de instrumentos, y habría colaborado también con el Museo de Física e Historia Natural. Es una parte de nuestras raíces que me gustaría seguir investigando y documentando.
Ese legado me llegó, sobre todo, a través de la vida cotidiana. Mis primeros recuerdos están ligados a la óptica: mi abuelo, mi padre y mis tíos eran ópticos, salvo uno de ellos, el doctor Guillermo Roca Linares, que fue oftalmólogo especializado en retina y jefe de servicio en Bellvitge durante muchos años. En nuestra familia recordamos con especial orgullo su contribución al desarrollo de la cirugía de retina en España.
De niño, ir a la óptica era para mí una aventura. Me dejaban entrar en el taller, observar, tocar y hacer lo que estaba a mi alcance. ¡Hasta romper algún cristal sin que me regañaran! Aquello que entonces vivía como un juego fue mi primera manera de acercarme a la profesión.
Mi abuelo se había establecido en Melilla después de llegar desde Barcelona. En su óptica se trabajaba con una gran autonomía: se fabricaban lentes y monturas y se atendía tanto a la población de una ciudad muy cosmopolita como a personas procedentes del norte de Marruecos y del Rif. Crecí escuchando esas historias y viendo cómo el conocimiento técnico y el trato con las personas formaban parte de un mismo oficio.
Por eso, más que un momento concreto en el que decidiera formar parte de esa historia, siento que fui creciendo dentro de ella. La muerte de mi padre, con solo 44 años, marcó profundamente mi juventud. Con 16 años me marché a Madrid para estudiar Óptica en la Universidad Complutense, en San Blas, y a los 19 ya había obtenido la diplomatura. La vocación estaba ahí desde mucho antes; entonces comenzó mi propio camino profesional.
Con los años he comprendido que una trayectoria familiar tan larga cobra sentido cuando se refleja en la manera de trabajar. Los instrumentos, los conocimientos y las posibilidades de la óptica han cambiado muchísimo. Lo que merece permanecer es la responsabilidad hacia quien pone su visión en nuestras manos. No basta con conservar un apellido en la fachada: hay que darle contenido cada día.
Para mí, honrar ese legado significa seguir aprendiendo, actualizar los medios y mantener el compromiso con las personas. Esa es la herencia que he procurado hacer mía durante toda mi vida profesional.
P. Óptica Roca ha atravesado generaciones y profundas transformaciones del sector. ¿Cuál cree que ha sido el secreto para mantener vivo un negocio familiar durante tanto tiempo? ¿Qué valores heredados considera irrenunciables?
R. El secreto ha sido saber evolucionar sin perder la confianza de las personas. La antigüedad, por sí sola, no garantiza la continuidad de un negocio familiar: cada generación tiene que ganarse esa confianza con su trabajo, incorporando nuevas tecnologías, actualizando sus conocimientos y respondiendo a las necesidades de la sociedad.
Para mí, los valores irrenunciables son la honestidad, el rigor profesional y la cercanía. Se demuestran en decisiones cotidianas: explicar con claridad qué podemos ofrecer, reconocer los límites de una solución y recomendar lo que realmente necesita cada persona, aunque no sea la opción más cara. También se demuestran estando disponibles cuando surge una dificultad. Nuestra responsabilidad no termina al entregar unas gafas o una ayuda visual; continúa con el seguimiento y el acompañamiento.
En mi familia siempre escuché que quien entra por la puerta, antes que cliente o paciente, es una persona. Tiene sus circunstancias, sus expectativas y una forma particular de vivir y de ver. Entender eso es fundamental para ofrecerle una respuesta adecuada.
Hoy atiendo a personas cuyas familias ya acudían a mi abuelo y, después, a mi padre. Esa confianza entre generaciones tiene un valor enorme y supone también una responsabilidad. Son personas que forman parte de nuestra historia, del mismo modo que nosotros hemos acompañado una pequeña parte de la suya.
P. Cuando mira hacia atrás, ¿qué personas marcaron su manera de entender la profesión? ¿Recuerda alguna enseñanza familiar que todavía aplique cuando atiende a un paciente?
R. Mi abuelo, Ricardo Roca Berga; mi padre, Ricardo Roca Linares; y mi tío, el doctor Guillermo Roca Linares, fueron mis principales referentes, junto con otros miembros de mi familia. Más que un consejo concreto, fue observar cómo trabajaban y cómo trataban a las personas lo que dejó una huella profunda en mi manera de entender la profesión.
En casa escuché muchas veces que «hay que saber ver con los ojos del paciente». Para mí, significa ponerse en su lugar y comprender qué necesita. Las gafas o la corrección visual son el medio; lo importante es ayudar a resolver una dificultad que afecta a su vida.
De ahí nace una enseñanza que sigo aplicando: escuchar antes de proponer. Una persona puede llegar pidiendo unas gafas cuando lo que realmente desea es volver a leer, trabajar o realizar una tarea que ya no consigue resolver. Si no comprendemos esa necesidad, podemos ofrecer una solución técnicamente correcta, pero poco útil en su día a día.
Mi abuelo, que participó muy activamente en la expansión de la óptica en España, me transmitió el respeto por el oficio y la responsabilidad de ejercerlo bien. Mi padre, aunque falleció demasiado joven, tuvo tiempo de dejarme enseñanzas esenciales sobre cómo comprender y tratar a las personas. Mi tío Guillermo aportó el referente de la oftalmología y la perspectiva clínica. También debo mucho a mi familia Linares, con profesionales de la psiquiatría que colaboraron con los López Ibor y reforzaron en mí esa sensibilidad hacia la dimensión humana de la atención.
Mi abuelo, al estar en Melilla, que en aquellos años era puerto franco, tenía acceso a toda la tecnología de última generación que se desarrollaba en Europa y la adquiría para mejorar su trabajo.
Después de más de cuarenta años de ejercicio, valoro mucho la experiencia, pero también la capacidad de revisar lo que uno cree saber. Hay que seguir estudiando, contrastar los conocimientos y reconocer cuándo conviene contar con la colaboración de otro profesional.
P. Usted defiende una optometría centrada en la salud visual, más allá de la venta de gafas. ¿Cree que el sector óptico español ha sabido transmitir a la sociedad su verdadera dimensión sanitaria o todavía se percibe al óptico-optometrista como un comerciante?
R. Creo que hemos avanzado, pero todavía no hemos explicado suficientemente nuestra dimensión sanitaria. La parte más visible de una óptica suele ser el escaparate, la montura y el precio. Es comprensible que muchas personas nos identifiquen con eso si no hacemos visible el trabajo profesional que hay detrás.
También tenemos una responsabilidad propia: debemos explicar qué evaluamos, por qué recomendamos una solución y cuándo corresponde derivar. La dimensión sanitaria se demuestra con una atención rigurosa, documentación, seguimiento y coordinación con otros profesionales.
Aún queda mucho por conocer de nuestra profesión, y no solo por parte del usuario, sino también de otros colectivos sanitarios: médicos de familia, oftalmólogos, geriatras y neurólogos, con los que somos muy complementarios, como está demostrado paciente a paciente. Para eso hay que entender que el paciente es el centro y que, si yo no puedo solucionar su problema, he de indicarle el camino hacia quien sí pueda.
Vender un producto y prestar una atención sanitaria pueden formar parte de la misma actividad. El problema aparece cuando el objetivo de venta decide de antemano la recomendación. Para mí, el criterio profesional debe marcar siempre el orden.
P. Ha dedicado una parte importante de su actividad a la baja visión. ¿Qué le llevó a especializarse en este campo y qué ha descubierto sobre las personas que conviven con limitaciones visuales importantes?
R. Mi manera de entender la profesión se ha formado entre ópticos, oftalmólogos y psiquiatras. De ese entorno recibí una visión que integra el conocimiento óptico, la atención clínica y la dimensión humana. Pronto comprendí que, en muchos casos, unas gafas no bastaban para resolver la dificultad de una persona: había necesidades que exigían mirar más allá de la corrección visual.
También hubo una experiencia que me marcó profundamente durante la infancia. Una tía a la que quería mucho, lectora apasionada y una mujer adelantada a su tiempo, recibió el diagnóstico de una enfermedad ocular y le comunicaron que acabaría perdiendo la visión. Tras aquella noticia atravesó una situación muy dolorosa que terminó con su muerte. Por respeto a su memoria, prefiero no entrar en más detalles, pero aquella pérdida dejó en mí una sensibilidad especial hacia lo que puede significar para alguien la posibilidad de dejar de ver.
Con el tiempo, la baja visión se convirtió en una parte esencial de mi manera de entender la optometría. Consiste en trabajar con las capacidades visuales que conserva cada persona y con aquello que necesita o desea hacer. Incluso cuando las posibilidades de recuperación son limitadas, podemos buscar recursos para favorecer su autonomía y su participación en la vida cotidiana.
No hay dos personas iguales, aunque compartan diagnóstico o agudeza visual. Sus objetivos, su entorno, sus habilidades y los apoyos con los que cuentan pueden ser muy distintos. Por eso, la ayuda más sofisticada no siempre es la más adecuada: su valor está en que resulte útil para esa persona.
Mi trabajo con personas con limitación visual moderada y severa se centra en encontrar soluciones que puedan incorporar a su vida, acompañadas de una explicación comprensible, el entrenamiento necesario y un seguimiento. Para mí, atender la baja visión es también ayudar a que una persona descubra las posibilidades que sigue teniendo y encuentre formas de continuar haciendo lo que le importa.
P. Hay pacientes que no pueden recuperar la visión perdida, pero sí mejorar su autonomía. ¿Qué significa para usted devolver a una persona la posibilidad de leer, reconocer un rostro o desenvolverse con mayor independencia? ¿Recuerda algún caso que le haya marcado especialmente?
R. Para mí, significa contribuir a que una persona recupere autonomía y capacidad de decidir sobre su vida, y dependa menos de los demás. Leer una carta, consultar un documento o retomar una afición pueden parecer tareas pequeñas desde fuera, pero para quien había dejado de hacerlas tienen un valor enorme.
Muchas situaciones que resolvemos sin esfuerzo cuando vemos bien pueden convertirse en un mundo de dificultades para quien tiene una limitación visual. A menudo no somos plenamente conscientes del valor de la visión hasta que se deteriora; por eso considero tan importantes su cuidado y la prevención.
También debemos explicar con claridad qué podemos conseguir. No siempre recuperamos la visión perdida: buscamos otras formas de realizar una tarea, aprovechando la visión que se conserva, utilizando ayudas y recurriendo, cuando es necesario, a otras vías de acceso a la información. Los objetivos y los resultados son distintos para cada persona.
La satisfacción profesional llega cuando comprobamos que una solución funciona en la vida cotidiana. Que una ayuda resulte útil durante una prueba en consulta es un primer paso; que la persona pueda utilizarla con autonomía en su entorno es el resultado que buscamos.
Recuerdo especialmente a unos padres de edad avanzada que acudieron a mí preocupados por su hijo. Tenía una distrofia de retina y una discapacidad intelectual, aunque se desenvolvía bien en muchos aspectos. Querían que trabajáramos con él, adaptándole ayudas y acompañándolo en su rehabilitación visual para que ganara autonomía. Su gran preocupación era qué ocurriría cuando ellos ya no estuvieran.
La madre me dijo una frase que nunca he olvidado: Me duele el hombro de que mi hijo se apoye en mí para caminar, pero más me duele el alma.
Trabajamos con mucha dedicación, ilusión y constancia. Aquella experiencia me marcó profundamente: comprendí aún mejor que detrás de cada necesidad visual hay una persona, una familia y una preocupación por el futuro.
P. Trabaja también con personas mayores y pacientes con daño cerebral adquirido. ¿Hasta qué punto cree que la sociedad y el propio sistema sanitario son conscientes de las consecuencias humanas y sociales de la pérdida de visión?
R. Hace poco presentamos en Madrid junto con Visión y Vida y el Consejo General de Colegios de Ópticos-Optometristas, la Radiografía de la salud visual en la tercera edad. Una de las conclusiones es que muchas personas mayores dejan pasar demasiado tiempo entre revisiones y que existe un amplio margen para mejorar su atención visual. Una visión deficiente puede comprometer su seguridad y contribuir al riesgo de accidentes y caídas.
Creo que todavía damos demasiado peso a cuánto ve una persona y demasiado poco a lo que deja de poder hacer. En las personas mayores, las dificultades visuales pueden limitar la movilidad, las relaciones sociales y la participación en actividades cotidianas. Por eso debemos valorar tanto la función visual como sus consecuencias sobre la autonomía y la calidad de vida.
En el daño cerebral adquirido también queda camino por recorrer. Tras el diagnóstico y el tratamiento, la rehabilitación suele abordar áreas como la movilidad o el lenguaje, pero la visión no siempre recibe la misma atención. Pueden existir visión doble, pérdidas de campo visual u otras alteraciones del procesamiento visual que dificulten la recuperación y que requieren una valoración específica. No todo se resuelve cambiando la graduación.
Aunque algunas alteraciones pueden mejorar espontáneamente, es importante valorar cuáles necesitan intervención y coordinar su abordaje con los profesionales que participan en la rehabilitación. En nuestra experiencia, determinados pacientes consiguen mejoras funcionales importantes con una atención individualizada. Cada vez recibimos más derivaciones de neurólogos que conocen nuestro trabajo, lo que favorece esa colaboración.
P. La inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están abriendo posibilidades para las personas con baja visión. ¿Qué avances considera verdaderamente relevantes y cuáles cree que todavía generan expectativas superiores a sus resultados?
R. La inteligencia artificial es una herramienta cada vez más utilizada y ofrece posibilidades valiosas, pero su utilidad depende de cómo la integremos en la atención. Puede apoyar nuestro trabajo, aunque la observación clínica, la experiencia profesional y la escucha siguen siendo esenciales para comprender cómo se encuentra una persona y qué consecuencias tiene su dificultad visual en su entorno. Cada paciente vive una situación distinta, incluso cuando comparte diagnóstico con otros.
Me interesan especialmente los avances que ayudan a resolver tareas concretas: la ampliación electrónica con buen contraste, el reconocimiento de texto con lectura por voz y las funciones de accesibilidad de móviles y tabletas. La inteligencia artificial amplía esas posibilidades al describir imágenes, facilitar el acceso a información visual y hacer cribado o detección precoz. También puede ayudarnos en la administración y la gestión, automatizando procesos y liberando tiempo para la atención.
Mi criterio es práctico: qué consigue hacer la persona, cuánto esfuerzo le supone y con qué fiabilidad lo hace. Por eso, además de las prestaciones, hay que valorar la facilidad de manejo, el coste, la comodidad y el aprendizaje necesario. Una demostración puede resultar sorprendente; lo decisivo es que la herramienta sea útil en la vida cotidiana.
Debemos ser prudentes con las expectativas. Estas tecnologías no equivalen a recuperar una visión normal ni ofrecen la misma respuesta a todo el mundo. Los sistemas de inteligencia artificial pueden equivocarse y no deben ser la única referencia en situaciones que comprometan la seguridad. Para mí, el avance que cuenta es una mejora real y comprobable de la autonomía, con sus posibilidades y sus límites bien explicados.
P. En alguna de sus reflexiones públicas ha advertido: «Antes de montar una óptica, piénsatelo. Y piénsatelo bien». ¿Qué le diría hoy a un joven óptico-optometrista que sueña con abrir su propio establecimiento? ¿Es más difícil emprender ahora que cuando lo hizo su generación?
R. A veces escucho comentarios que ofrecen una visión demasiado limitada de lo que significa emprender. Se habla mucho de inversión, ventas y rentabilidad, pero se dejan en segundo plano valores que también sostienen una empresa: la perseverancia, el propósito, la humildad, la confianza y el compromiso. A ellos añadiría la gratitud, el reconocimiento al trabajo de los demás, la colaboración y la generosidad.
A quien quiera abrir su propio centro le diría que defina primero qué atención desea ofrecer y después estudie cómo hacerla sostenible. Saber optometría es indispensable, pero emprender exige también gestionar gastos, compras, equipo, tiempo y financiación. Hace falta un plan realista y margen para construir una cartera de pacientes sin comprometer el criterio profesional.
La formación en gestión es fundamental. Podemos apoyarnos en especialistas y delegar tareas, pero debemos comprender las decisiones que afectan al negocio. Al fin y al cabo, es nuestro proyecto y somos responsables de su dirección.
No diría que antes todo era más fácil. Hoy hay más competencia y una fuerte presión comercial, pero también mejores herramientas y más posibilidades de especialización. Las dificultades han cambiado, y nuestra preparación debe evolucionar con ellas.
Mi consejo sería evitar que el proyecto dependa únicamente de ofrecer lo mismo que los demás a un precio menor. Conviene identificar una necesidad, formarse para atenderla y demostrar el valor del servicio. La especialización puede ser una vía importante de diferenciación y rentabilidad, siempre que responda a una demanda real y se apoye en una preparación sólida.
Y, por supuesto, hay que hacer bien los números: la vocación es imprescindible, pero por sí sola no paga los gastos del centro. Un proyecto duradero necesita calidad asistencial, valores y una gestión responsable.
P. El sector óptico ha experimentado un importante proceso de concentración empresarial y una creciente competencia comercial. ¿Qué espacio queda para las ópticas independientes y familiares? ¿Corren el riesgo de perder su identidad?
R. Creo que sigue habiendo mucho espacio para una óptica independiente que tenga una propuesta clara y sea capaz de cumplirla. La cercanía, la continuidad de la atención y la respuesta a necesidades específicas pueden ser grandes fortalezas cuando se traducen en un servicio de calidad. Ser un negocio familiar no la garantiza por sí solo, del mismo modo que pertenecer a un grupo no impide ofrecerla.
Sin establecer comparaciones injustas, considero que la independencia nos da libertad para organizar la atención según nuestro criterio profesional: dedicar el tiempo que cada persona necesita, escuchar, especializarnos e incorporar soluciones nuevas. Todos necesitamos que el negocio sea rentable, pero debemos construir una forma de trabajar que permita compatibilizar esa sostenibilidad con una atención personalizada.
En ese sentido, creo especialmente en el modelo cooperativo, como el que existe en el ámbito farmacéutico. Compartir recursos, servicios y capacidad de negociación puede fortalecer a los centros sin que tengan que renunciar a su identidad ni a su autonomía profesional.
El riesgo de perder esa identidad aparece cuando dejamos de decidir qué queremos aportar y nos limitamos a reproducir promociones. También cuando descuidamos la gestión, dejamos de actualizarnos o no sabemos explicar el valor de nuestro trabajo.
Para mí, conservar la identidad significa mantener una manera reconocible de atender y evolucionar para poder sostenerla. La independencia tiene sentido cuando beneficia al paciente y nos permite trabajar con coherencia.
Siempre habrá quien venda más barato. Por eso, creo que el valor de un negocio debe construirse sobre la calidad del servicio, la confianza y la capacidad de responder a las necesidades de cada persona. El precio importa, pero no es lo único que determina una buena elección.
P. ¿Cree que la presión de los precios, las promociones y las estrategias comerciales puede terminar relegando la dimensión sanitaria de la profesión? ¿Dónde debería situarse la línea que separa el negocio de la atención al paciente?
R. Esa percepción está cambiando y que la sociedad distingue cada vez mejor entre una oferta atractiva y una atención de calidad. El precio importa, pero también buscamos una buena experiencia, explicaciones comprensibles y la tranquilidad de haber tomado una decisión adecuada. Disponemos de más información y de más posibilidades de comparar, aunque eso también hace necesaria una orientación profesional que nos ayude a elegir con criterio.
Las promociones son una opción comercial legítima, pero la presión por vender puede desplazar el criterio sanitario cuando todo se mide por la facturación. Un centro necesita ser viable y obtener una rentabilidad que permita mantener el equipamiento, invertir en formación y contar con personal cualificado. Esa sostenibilidad es compatible con una buena atención y hace posible su continuidad.
Para mí, la línea está en la indicación profesional y en la transparencia. El paciente debe comprender qué necesita, por qué se le recomienda una solución, qué alternativas tiene, cuánto cuesta cada una y cuáles son sus posibilidades y sus límites. Una promoción debe encajar en esa recomendación, nunca determinarla.
Que las estrategias comerciales terminen relegando la dimensión sanitaria depende también de quienes formamos parte de la profesión. Si nuestra comunicación se centra únicamente en descuentos y productos, contribuimos a que la sociedad nos perciba solo como vendedores. Profesionales, empresas, colegios y sociedades científicas compartimos la responsabilidad de dar a conocer nuestra labor en la prevención, la detección de posibles alteraciones visuales y la atención personalizada. Esa divulgación debe respaldarse con una práctica coherente: dedicar tiempo a evaluar, escuchar, orientar y derivar cuando corresponda.
En baja visión, este compromiso exige especial cuidado con las expectativas. Quien busca recuperar autonomía merece una explicación honesta, la oportunidad de probar las ayudas y tiempo para decidir, comprendiendo qué puede conseguir con ellas y qué entrenamiento necesitará. La vulnerabilidad de una persona nunca debería convertirse en un argumento de venta.
P. Si pudiera cambiar tres cosas de la óptica y la optometría españolas, ¿cuáles serían? ¿Qué responsabilidades deberían asumir los propios profesionales, los colegios y las administraciones públicas?
R. Plantearía tres prioridades. La primera sería mejorar el conocimiento social de nuestra función sanitaria. Los profesionales debemos hacerla visible en la práctica diaria, y los colegios y las sociedades científicas pueden contribuir con una comunicación clara y rigurosa. Creo que la óptica y la optometría pueden aportar mucho a la sanidad pública, trabajando de forma coordinada con oftalmología y con los demás profesionales implicados en la atención visual.
La segunda sería mejorar la coordinación asistencial, incluida la rehabilitación visual. Con demasiada frecuencia, los pacientes encadenan consultas sin encontrar una respuesta clara ni una continuidad en su atención. Las administraciones, los profesionales y las entidades implicadas debemos avanzar hacia circuitos de valoración, derivación y seguimiento bien definidos, especialmente para las personas con mayores dificultades de acceso. El paciente necesita saber quién puede ayudarle, cuál es el siguiente paso y cómo continuar su atención.
La tercera sería reforzar la calidad profesional mediante formación continuada, protocolos de actuación, recomendaciones justificadas y una evaluación de resultados centrada en lo que realmente mejora la vida del paciente. Es una responsabilidad directa de los ópticos-optometristas, con el apoyo de los colegios y las sociedades científicas.
El reconocimiento debe ir acompañado de una aportación demostrable y del compromiso de revisar y mejorar nuestra atención. Nuestra contribución será más sólida cuanto mejor preparados estemos y mejor sepamos trabajar con otros profesionales.
P. Después de tantos años de ejercicio, ¿qué le sigue emocionando de su trabajo? ¿Ha habido algún paciente o alguna experiencia que le haya hecho replantearse su manera de entender la vida?
R. Me sigue emocionando comprobar que nuestro trabajo tiene una consecuencia concreta en la vida de una persona. Después de tantos años, la satisfacción está en encontrar una solución y comprender lo que significa para quien la necesita: volver a leer, retomar una afición o desenvolverse con mayor autonomía.
También me conmueven el agradecimiento de las familias y de quienes acompañan al paciente, y la confianza que depositan en nosotros. Cada día sigo aprendiendo de las personas que atiendo: de sus dificultades, de sus recursos y de su manera de afrontar los cambios.
Me ilusiona, además, ver cómo evoluciona la profesión y cómo aumentan las oportunidades de formación y el acceso a la investigación. Tenemos más medios para mejorar nuestra atención, y eso nos invita a seguir avanzando con rigor.
La baja visión me ha enseñado a valorar los resultados desde las prioridades del paciente. Una mejora que técnicamente puede parecer discreta puede permitirle recuperar una actividad esencial. Por eso debemos escuchar qué desea conseguir, sin dar por hecho que nuestros objetivos coinciden con los suyos.
Hay momentos especialmente delicados, como cuando una persona comprende que ya no puede desempeñar su trabajo de la misma manera. Nuestro papel es acompañarla, explorar posibles adaptaciones y ayudarla a reconocer las capacidades y alternativas que conserva. Eso exige respetar el dolor que puede provocar la pérdida y, al mismo tiempo, abrir espacio a nuevas posibilidades.
Esa es una de mis razones para seguir aprendiendo. La experiencia aporta criterio, pero cada persona nos plantea una realidad distinta. Ninguna trayectoria sustituye la necesidad de escuchar a quien tenemos delante. Ver es vivir
P. Su familia lleva vinculada a la óptica desde hace casi dos siglos. ¿Siente el peso de esa herencia como una responsabilidad o como un privilegio? ¿Qué le gustaría que permaneciera de Óptica Roca cuando las próximas generaciones miren hacia atrás?
R. Para mí es un gran privilegio y un motivo de orgullo que el legado de Óptica Roca siga vivo después de tantas generaciones. También implica una responsabilidad: recibir una trayectoria familiar ofrece una referencia, pero exige ganarse la confianza que otras personas han depositado en ese nombre. El prestigio heredado abre una puerta; después, cada generación tiene que demostrar su valía con su propio trabajo.
Ser el hijo de no garantiza encontrar un camino propio ni estar a la altura de lo recibido. Hoy siento que he cumplido con mi parte: he procurado cuidar esa herencia, aportar mi experiencia y hacer evolucionar nuestra manera de trabajar. Y me ilusiona saber que hay una nueva generación dispuesta a continuar.
Me gustaría que de Óptica Roca permaneciera, sobre todo, una forma de atender: con conocimiento, honestidad y respeto por cada persona. Que se recordara como un lugar donde se escuchaban sus dificultades visuales y se buscaban soluciones realistas, también cuando la respuesta era compleja y requería tiempo y acompañamiento.
Las próximas generaciones utilizarán herramientas que hoy apenas imaginamos y tendrán que tomar sus propias decisiones. Espero que conserven lo esencial: la cercanía, el rigor profesional, la capacidad de acompañar al paciente y la responsabilidad de responder por el trabajo realizado. Poder transmitirles esos valores es, para mí, una de las mayores satisfacciones de esta trayectoria.
15. Imagine que pudiera conversar con aquel antepasado que trabajaba en el sector óptico en Italia en 1842. ¿Qué le contaría sobre la profesión que ayudó a iniciar en su familia? Y, sobre todo, ¿qué cree que le preguntaría él a usted?
Lo primero sería darle las gracias. Le diría que aquella semilla que plantó se ha convertido en un bosque que ha dado, da y seguirá dando cobijo a muchas personas, y que sus descendientes hemos encontrado en él una vocación y una manera de entender nuestro trabajo. Después le pediría que me enseñara, porque estoy seguro de que su experiencia todavía tendría mucho que aportarme. Siempre hay algo que aprender.
Aunque seguramente tendría que verlo para creerlo, le contaría que hoy podemos evaluar y compensar dificultades visuales con una precisión y unos recursos que en su época habrían resultado difíciles de imaginar. Que disponemos de ayudas electrónicas capaces de ampliar imágenes, convertir textos en voz y facilitar el acceso a la información. Y que, con esos medios y el trabajo de muchas personas, hemos podido contribuir a mejorar la calidad de vida de quienes acuden a nosotros.
Pero, sobre todo, me gustaría hablarle de las personas: de lo que significa volver a leer, continuar trabajando o disfrutar de una afición cuando la visión cambia. Creo que ahí nos entenderíamos enseguida, por muchas décadas que nos separaran.
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