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Los Chamorro

Javier Chamorro tormo fue el fundador de Disop.

Por Jaime Cevallos

Si en Cien años de soledad, los protagonistas son los Buendía, en la historia de Disop, los protagonistas son los Chamorro.

Y si el coronel Aureliano Buendía se obsesionó con la fabricación de pescaditos de oro en ese Macondo nacido de la cabeza de Gabriel García Márquez, Javier Chamorro Tormo lo hizo con las lentes de contacto, en una época en que esos “plásticos” que se colocaban en los ojos aún parecían artículos nacidos de la ciencia ficción.

CAPÍTULO UNO

En la década de los 60, Reino Unido vivía una revolución que le convertía en el epicentro mundial de las últimas tendencias, con la música de los Beatles y los Rolling Stones, el pop y la minifalda. Hasta ese lugar viajó Javier Chamorro Tormo, con el fin de estudiar óptica y aprender todo lo relacionado con las lentillas.

El viaje transformó por completo la vida de Chamorro Tormo, porque no solo se empapó de cómo funcionaban las lentes de contacto, sino que en ese frío Londres conocería a la que sería su compañera de vida, una chica alemana que trabajaba de aupair para una familia inglesa.

Al volver a España, se dedicó a formar a los ópticos en el ámbito de las lentillas y a venderlas. Sin embargo, se dio cuenta de que pasaba algo: en esa época resultaba muy difícil importar los líquidos para el cuidado de las lentes, por lo que tenía más sentido fabricarlos aquí. Y así nació Disop.

CAPÍTULO DOS

El protagonista de la segunda parte es el hijo de Chamorro Tormo, también llamado Javier. Él asumió el mando de la empresa en los 80, tras el fallecimiento de su padre.

En esa época, Madrid era distinto al que conocemos ahora, mucho más caótico y ruidoso. “Te das cuenta de ello cuando ves películas de la época. Por aquel entonces no te llamaba la atención”, dice Javier, al que le quedan algunos años para jubilarse.

Sí, los años han pasado, trayendo momentos felices, pero también muy complicados, como el de la pandemia de la covid-19 que, a su edad, le ha dejado dos enseñanzas: “No hay que tener miedo de tomar decisiones arriesgadas cuando es necesario. También me ha hecho valorar más la naturaleza y ser consciente de lo importante que es la salud”.

Ahora, cuando se va acercando la hora del retiro, a Javier no le apetece jubilarse, al menos, totalmente. Sin embargo, sabe que algún momento tendrá que parar. “Gracias a Dios tengo muchos hobbies, como la programación, la música y dar paseos por la naturaleza. No creo que vaya a aburrirme”.

CAPÍTULO TRES

Entra en escena Beatriz Chamorro, la hija de Javier, que en un futuro próximo tomará las riendas de la empresa que creó su abuelo y levantó su padre. ¿Hay miedo ante tanta responsabilidad?

“Más que miedo, yo diría que tengo mucho respeto por el trabajo que han hecho mi padre y mi abuelo. Soy consciente de que debo continuar su proyecto y me gustaría hacerlo manteniendo la esencia de la empresa”.

Cuando Beatriz nació, su abuelo ya había muerto. “Los que le conocieron, lo describen como un hombre carismático y un adelantado a su tiempo. Parecía tener siempre muchas ideas en su cabeza y no se amedrentaba por nada. Era una especie de científico loco, pero de los buenos, y con un sentido muy práctico de la realidad”.

En cambio, a su padre le ha conocido en casa y en el trabajo, y en ambas facetas le ha enseñado qué importante es tener ilusión, “que a veces el riesgo merece la pena y que hay que mirarlo todo con cierta perspectiva”.

“Le admiro por su inteligencia, por su capacidad para crear orden a partir del caos, por su curiosidad, por cómo es capaz de renovarse y aceptar los cambios. Pero sobre todo le admiro porque es muy buena gente, es la persona más honrada que conozco”.

Beatriz tiene una hija de cuatro años que, probablemente, podría relevarle en el cargo. “Me gustaría que fuera feliz. Yo intentaré darle las herramientas y la educación para que sea capaz de tomar buenas decisiones, pero su futuro lo debe escribir ella misma y si quiere ocupar mi puesto, contará con mi ayuda”.

La historia de los Chamorro sigue escribiéndose.