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La visión y el fracaso escolar

FUENTE: Consejo General de Colegios de Ópticos-Optometristas

El número de fracasos escolares en España supera la media europea, según los informes PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos) de 2014 y 2016.

Se trata de una información que no debemos dejarla pasar por alto, porque una buena visión puede ser clave entre el éxito y el fracaso escolar.

En efecto, el retraso o fracaso escolar es el resultado de la incapacidad de los niños de conseguir el rendimiento escolar establecido por los centros educacionales autorizados y, en un porcentaje alto por encima del 30%.

Hay que tener claro que este problema no tiene relación alguna con las capacidades o inteligencia de los alumnos, sino con anomalías visuales de índole refractivas, de acuerdo con el Consejo General de Colegios de Ópticos-Optometristas.

El aprendizaje en las aulas se lleva a cabo mediante procesos complejos e interrelacionados, siendo la visión uno de los más importantes, por lo que resulta básico llevar a cabo a estas edades tempranas revisiones visuales periódicas con el objetivo para descartar defectos refractivos como la miopía, hipermetropía, astigmatismos y fundamentalmente la ambliopía, u ojo vago, uno de los problemas visuales que más influyen en el retraso escolar.

El ojo vago o ambliope, que afecta sobre todo a niños menores de 7 años, presenta una agudeza visual inferior a menos de la mitad de lo considerado normal y esta baja visión mejora muy poco con el uso de lentes, por lo que urge un tratamiento específico llevado a cabo y controlado por ópticos-optometristas. Estos tratamientos resultan más eficaces cuanto más joven es la persona. Tiene una fase crítica tras la cual la recuperación no es posible, de ahí la importancia de su detección a tiempo.

Las familias, además de los profesores, tienen un rol fundamental para detectar estos problemas visuales mediante una serie de recomendaciones sencillas:

  • Prestar atención a si el niño se acerca mucho a los libros o a la televisión. 
  • Distracción continuada al leer y baja comprensión de lo leído.
  • Valorar si el niño se fatiga cuando está sometido a estímulos visuales.
  • Mala escritura a mano.
  • Si el niño acusa de tener la visión borrosa, tanto de lejos como de cerda.
  • Fijarse en si entorna los ojos para mirar o fijarse en detalles lejanos.
  • Observar si adopta posiciones de tortícolis (cuello torcido) cuando lee o hace los deberes, que a la larga pueden manifestarse como dolores de cuello o espalda.
  • Astenopía (visión borrosa, fatiga visual y dolor de cabeza) con frecuencia.
  • Hiperactividad durante la clase.
  • Inversión de letras.
  • Bajo rendimiento escolar