El tac-tac de la máquina de coser aún resuena en el recuerdo de Ramón Noguera. El incesante golpeteo formaba parte de su cotidianidad porque, cada noche, cuando su madre volvía de la panificadora en la que trabajaba, se ponía a hacer diseños de moda.

Corría el año 53, en plena posguerra. Ramón se había quedado huérfano y su madre debía multiplicarse para ganar dinero. No tenían todo, pero tampoco les faltaba nada. Madre e hijo vivían una situación difícil, en una época dura.

“Desde los 12 años, yo era hijo único y de viuda, en una etapa posguerra…”, dice Ramón, que reconoce que en esos tiempos que ahora parecen sacados de una novela de Dickens solo había dos maneras de labrarse el porvenir: una eran los estudios superiores, que no estaban al alcance de todo el mundo, y la otra, aprender un oficio.

“En mi situación, no había elección, evidentemente tenía que escoger la opción de un oficio”.

Corría el año 53, Ramón se había quedado huérfano y su madre debía multiplicarse para ganar dinero

En 1954, llegó el verano y las vacaciones. Su madre no quería que anduviera por ahí, pululando por las calles sin ton ni son. Entonces, con 13 años, Ramón empezó a trabajar en una empresa textil y descubrió que el “maná no existía”; además, por primera vez sintió el peso de la responsabilidad sobre sus espaldas al tener que hacer una cosa sin la protección de su madre y de sus maestros.

Ese primer trabajo, sin embargo, tenía un problema: no era un oficio. Un año después, lo dejó y consiguió otro en un comercio: pero el problema subsistía, porque ese segundo trabajo tampoco era un oficio.

En 1957, en una reunión familiar en la que se trataba de buscar “lo mejor” para Ramón, surgió la palabra “óptica”, puesto que dos de sus tíos trabajaban en Indo, “y ellos influyeron en esta decisión que marcó mi vida”.

“Estuve en el momento adecuado y en el lugar oportuno. Indo estaba creando un departamento de cinco personas para desarrollar óptica de precisión”.

Ramón Noguera (segundo desde la izquierda) en los primeros años de Conóptica.

En ese departamento, Ramón y sus compañeros hacían objetivos para máquinas de fotográficas, las primeras lentes para el Cinemascope, prismas y, “lo que más me gustaba a mí, calibres de interferencia, base imprescindible para controlar la superficie esférica en la producción de lentes oftálmicas, con los anillos de Newton, disciplina en la que me especialicé”.

Trabajaba bajo las órdenes de Javier Chamorro (que años más adelante crearía Disop), al que siempre llamó jefe, “una gran persona, muy inteligente y maestro mío en el oficio de la óptica y en el arte de vivir, siempre lo consideré mi segundo padre”.

En 1962, Javier Chamorro dejó Indo para montar una fábrica de lentes de contacto y le propuso a Ramón que se uniera a su aventura, “propuesta que acepté din dudar” y que significó el comienzo de lo que hoy es Conóptica.

La fábrica de lentes de contacto empezó a funcionar en una habitación en el piso de Javier Chamorro

La fábrica de lentes de contacto empezó en una habitación de seis metros cuadrados en el piso de Chamorro, que estaba en el número 233 de la calle Muntaner de Barcelona. Los dos, con sus propias manos, hacían cada día entre ocho y diez lentillas, contestaban al teléfono, tomaban pedidos, vendían…

Entre 1964 y 1970, el negocio creció de manera constante y comenzaron a incorporar nuevos colaboradores que, posteriormente, se convirtieron en una referencia en la óptica, como Ángel Toledano, Norberto Fratini, Sebastián Juanati, Francisco Simó etc.

“Javier Chamorro era el director general, y yo el jefe de producción. Éramos la primera industria nacional, teniendo una elevadísima cota de mercado”.

En 1971, la empresa amplió sus operaciones, con la instalación de una fábrica y oficinas en Madrid. Entonces, Chamorro se trasladó a la capital de España y Ramón asumió la dirección de Conóptica Barcelona, más la responsabilidad de llevar la dirección administrativa de todo el laboratorio.

Cuando se produjo el deceso de Javier Chamorro en marzo de 1981, Ramón Noguera, por pedido de los accionistas de la empresa y la familia Chamorro, asumió la dirección general de Conóptica que, cuatro años más tarde, se fusionaría con Bausch&Lomb, en una de las operaciones corporativas más importantes de la época, y el preludio de todos los cambios que vendrían.

Ramón Noguera, en su despacho de Conóptica.

En 1985, Ramón Noguera, el hijo de una viuda que en los inicios de su vida solo buscaba un oficio, dejó de ser el director general de una empresa familiar para convertirse en general manager de una de las multinacionales más grandes del mundo en lentes de contacto. Y entonces, empezaron los viajes internacionales, los salones, los mítines…

En 1999, Ramón decidió pensó que había llegado el momento de tomarse un año sabático. Y, lo que parecía el final de una vida laboral de 42 años en la óptica, solo fue un punto y seguido, porque con la llegada del nuevo siglo, se convirtió en asesor de Eschenbach.

A partir de ahí, fue dejando de manera paulatina el mundo empresarial para enfocarse en el mundo sectorial, especialmente desde que, en 2001, José María Candel (+), entonces director general de Federópticos, le propuso ser el director ejecutivo de Fedao, una organización que acababa de nacer como patronal del sector. Y ahí estuvo durante 15 años.

Ahora sí, Ramón Noguera disfruta de la jubilación en unos tiempos extraños, en los que la pandemia de la covid ha puesto de cabeza al mundo. Pero su huella en la industria de la óptica es profunda, indeleble, por todo lo que hizo en la empresa privada y en el sector, y porque sus hijos, Sergi y Albert, mantienen su legado, el uno al frente de Eschenbach, y el otro como director de Conóptica, que ahora forma parte de Hecht Contactlinsen.