El invierno pasa factura a la salud ocular. Sequedad, enrojecimiento, picor, sensación de cuerpo extraño o visión borrosa intermitente figuran entre los síntomas más habituales durante los meses fríos, una época en la que los ojos se enfrentan a una combinación de factores ambientales que pueden alterar su correcto funcionamiento.
Ojos en alerta por el frío: más sequedad, más infecciones y menos confort visual
Los usuarios de lentes de contacto se encuentran entre los colectivos más expuestos. La menor producción de lágrima y su evaporación más rápida dificultan la correcta lubricación de las lentes
Detrás de los sublimes paisajes que nos deja el invierno se ciernen algunas amenazas para la visión. FOTO: Getty Images (Unsplash)
El descenso de las temperaturas y la reducción de la humedad ambiental, tanto en exteriores como en interiores, generan entornos más secos que afectan directamente a la superficie ocular, según ha explicado Baviera (antes, Clínica Baviera). A ello se suma el uso continuado de la calefacción, que disminuye la calidad y estabilidad de la película lagrimal, la primera barrera de protección del ojo.
Los cambios bruscos de temperatura entre la calle y los espacios cerrados también influyen de forma negativa. Estas transiciones pueden provocar vasodilatación y aumentar la irritación ocular, especialmente en personas con ojos sensibles o con patologías previas. En este contexto, el invierno suele agravar problemas como el síndrome de ojo seco o determinadas alergias oculares.
Los usuarios de lentes de contacto se encuentran entre los colectivos más expuestos. La menor producción de lágrima y su evaporación más rápida dificultan la correcta lubricación de las lentes, incrementando la incomodidad y elevando el riesgo de abandono temporal del uso.
Además, los meses de frío favorecen la proliferación de virus y bacterias en ambientes cerrados y poco ventilados. La sequedad de las mucosas facilita que estos agentes entren en contacto con los ojos, aumentando la probabilidad de infecciones como conjuntivitis, queratitis o blefaritis.
El viento es otro de los factores determinantes. Las corrientes de aire aceleran la evaporación de la película lagrimal y exponen el ojo a polvo, partículas contaminantes y otros irritantes, lo que incrementa el escozor, el lagrimeo reflejo y la fatiga visual.
Las personas que trabajan al aire libre o practican deporte en exteriores son especialmente vulnerables y deben extremar las precauciones durante episodios de frío intenso y viento. En este escenario, la prevención y el cuidado de la superficie ocular se consolidan como claves para evitar molestias persistentes y complicaciones durante el invierno.
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