Francisca era mi tía abuela. La conocí ya viuda, condición que en mi mente infantil creía normal en todas las tías abuelas.
Mirar sin poder ver: anécota real sobre el uso y disfrute de las cosas
Con los años y como todos, la tía Paca se estropeó, mientras los periquitos morían de viejos y los iba sustituyendo sin cambiarles el nombre, para adiestrarlos una y otra vez en el don de la palabra
FOTO: Curated Lifestyle vía Unsplash
Vivía en un ático del casco viejo de Barcelona, en un edificio aún más antiguo que ella.
Siempre me llamó la atención una mesa de nogal enorme que ocupaba casi medio comedor. Unas espectaculares patas de león, entre motivos florales, hacían imaginar una mesa de cuento de hadas.
Digo imaginar porque, tanto mi hermano como yo, en aquellas largas visitas a la que conocíamos como «tía Paca», no veíamos más allá del grueso hule que la cubría.
La jaula enorme de su periquito, cuya locuacidad era resultado de la convivencia continua con la misma persona, era el motivo de distracción y a la vez parecía ser el guardián del hule protector.
En este universo de piso en las nubes y periquito parlanchín, mi hermano y yo levantábamos el hule como si quisiéramos mirar debajo de las faldas de una gran señorona, sin conseguir ir más allá de unos pocos centímetros de patas.
La jaula del periquito y la mirada elocuente de la tía Paca impedían conseguir nuestro propósito.
Jamás vimos la mesa de nogal completa, mis padres tampoco y, muy probablemente. la tía Paca tampoco.
Cuando se casó, a principios de siglo, compró el ático y el primer perico, también la espléndida mesa de nogal junto con el hule de protección para evitar su deterioro.
Con los años y como todos, la tía Paca se estropeó, mientras los periquitos morían de viejos y los iba sustituyendo sin cambiarles el nombre, para adiestrarlos una y otra vez en el don de la palabra.
Pero la mesa, tapada por el hule, se mantuvo tan joven y bella como el primer día.
Cuando a la edad de las antigüedades valiosas murió la tía Paca, aquel piso en las nubes se vendió.
Al retirar los muebles para vaciarlo, comprobaron que la mesa no pasaba por la puerta.
Nadie de la familia se preocupó del porqué una cosa que había entrado no podía salir por el mismo sitio.
La partieron por la mitad.
Aquel hule protector impidió ver la mesa durante muchos años, por mucho que el marido fallecido joven, los sucesivos periquitos, la tía y la escasa familia militante la miráramos sin verla.
La mesa de nogal, más que octogenaria, acabó sus días en un contenedor de residuos, bella pero rota.
A menudo vamos guardando o cubriendo cosas que nos gustan para no estropearlas, renunciando a su viva presencia.
Retiremos el hule y disfrutemos del momento, no nos conformemos con solo mirar cuando también disponemos de la posibilidad de ver.
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