Desde hace relativamente poco tiempo se empieza a tratar el tema de la premiopía.
La visión ausente
La realidad clínica es tan tozuda como para poner en evidencia casos de niños y niñas sanos, ortofóricos y emétropes, con una agudeza visual por encima de la norma, a los que se les dice que ven perfectamente
Una niña pasa por un examen visual. FOTO: Getty Images vía Unsplash
Afortunadamente.
La cuestión gira en torno hasta qué punto hay que actuar, más allá de las recomendaciones posturales, ergonómicas y de estilo de vida, cuando los valores de hipermetropía se encuentran por debajo de la norma por el grupo de edad.
Está bien considerar que el estado del crecimiento axial del globo ocular siga su ritmo normal en el proceso de emetropización, a sabiendas de que un ritmo de disminución de la hipermetropía demasiado rápido sirve como aviso a navegantes de una probable tendencia a la miopía.
Resulta curioso cómo, salvo alguna mención colateral a la endoforia, en cuanto factor de riesgo en el camino hacia la miopización, no se suelen hacer más referencias a la visión próxima.
Y eso que es claramente dominante en nuestro entorno, ya desde la infancia.
Recurrir al uso de positivos para relajar la endoforia, ya sea en hipermétropes por debajo de la norma como en emétropes, apenas se plantea, incluso en presencia de convergencias acomodativas altas, determinantes tanto en su relajación con positivos o menos negativos como en su estímulo con negativos.
Pero como resulta que la visión próxima infantil no existe tampoco se evalúa, por lo que las anomalías acomodativas y binoculares de cerca quedan, en muchos protocolos de examen, en un universo paralelo.
Eso sí, a pesar del peso del sentido común, la evidencia clínica sigue en espera de una evidencia científica escasa que, en ocasiones, levita unos milímetros sobre el mundo real.
La realidad clínica es tan tozuda como para poner en evidencia casos de niños y niñas sanos, ortofóricos y emétropes, con una agudeza visual por encima de la norma, a los que se les dice que ven perfectamente.
Y cierran un ojo para leer, buscando evitar una diplopía que ni siquiera son conscientes de padecer.
El problema lo tienen en el pie y les miran la mano.
Por tanto, no sólo es plantear la premiopía en los términos en que se plantea, es ir más allá y entender el examen visual de cerca, también en la infancia, como inexcusable en una sociedad en la que cada vez es más intensa y extensa, con independencia de que esta misma evaluación también nos sirva para diseñar una estrategia eficaz contra la miopía.
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