En unas jornadas profesionales tuve ocasión de vivir una situación de las que obligan a pensar.
Herejías contenidas
La cosa acabó aquí, el hereje enmudeció y los apóstoles de la perfección profesional aplaudieron: tenían razón en la primera parte
FOTO: Ateryna Hliznitsova vía Unsplash
En el habitual turno de debate, después de una sesión formativa sobre disfunciones lagrimales, un colegiado explicaba que, antes de realizar el examen optométrico, instilaba lubricante para realizar el examen en mejores condiciones.
Con esta explicación, un poco más y le condenan a la hoguera.
El argumento que se le dio es que, justo para valorar adecuadamente la calidad y cantidad lagrimal, los ojos tienen que examinarse en sus condiciones naturales, lo cual tiene sentido.
La cosa acabó aquí, el hereje enmudeció y los apóstoles de la perfección profesional aplaudieron: tenían razón en la primera parte.
Pero no tenía que haber acabado aquí, siempre existe una segunda.
Una vez evaluada y valorada la película lagrimal, la frecuencia de parpadeo, la integridad de la superficie corneal y todo lo que podamos entender como necesario, ¿no es buena idea lubricar el ojo para proseguir con la evaluación optométrica?
Al fin y al cabo, la optimización del sistema visual parte de buscar los medios de compensación más adecuados para conseguir la máxima agudeza visual, la máxima comodidad y la máxima eficiencia, todos sabemos que una disfunción lacrimal afecta al contraste y a la resolución de lo que miramos.
Luego, si bien este colegiado no apuntó la primera parte, tampoco iba tan desencaminado en la segunda.
Es lógico valorar el polo anterior en su estado habitual, pero una vez valorado y evaluado, lubricar los ojos (si es necesario) para que el examen optométrico permita ofrecernos todo lo que es capaz de dar, con las ayudas ópticas correspondientes, es más que razonable.
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