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La baja visión en España: un recorrido por 50 años de historia de una nueva especialidad

Pese a la edad de oro que vive la baja visión para los nuevos optometristas, hay todavía campos que hay que explorar, y dos de ellos son de obligatorio abordaje

La baja visión en España: un recorrido por 50 años de historia de una nueva especialidad

En España, las estimaciones indican que alrededor de 1,8 millones de personas sufren de baja visión. FOTO: Krisjanis Kazaks vía Unsplash

Por Modaengafas - 14/01/2026

Este artículo forma parte del Cuaderno de Innovación 2025 editado por Modaengafas.com.

Por Ana I. Martínez Calvo y Ernesto Marco Carmena

Durante las últimas cinco décadas, la baja visión en España ha pasado de ser un área apenas reconocida dentro de las ciencias de la salud visual a convertirse en un campo especializado, estructurado y con un impacto creciente en la calidad de vida de miles de personas.

Este avance se ha basado en la consolidación de protocolos de trabajo, creados y coordinados por optometristas, la sensibilización de otros profesionales sanitarios, el desarrollo de nuevas tecnologías en ayudas visuales y la colaboración de asociaciones de pacientes.

De la invisibilidad clínica a la especialización optométrica

Hasta finales del siglo XX, las personas con baja visión acudían a los centros especializados de manera tardía y cuando la patología estaba muy avanzada. La falta de protocolos unificados y la escasez de especialistas con formación específica hacían que muchos pacientes desconocieran posibles soluciones que mejoraran su calidad visual y de vida.

La atención se centraba solo en el diagnóstico médico, mientras que las ayudas visuales ópticas ocupaban un lugar marginal, y la rehabilitación visual prácticamente no existía aplicada a la baja visión.

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En la actualidad, parece impensable no utilizar recursos sencillos, en muchos casos, con los que seguir haciendo una vida más o menos parecida a la que hacían antes de la aparición de la patología ocular. Con el impulso de la optometría clínica y la introducción de nuevas técnicas de evaluación funcional, se empezó a comprender que la baja visión no es solo una reducción cuantitativa de la agudeza visual, sino un fenómeno complejo que compromete la realización de tareas, la participación social y la salud emocional. Esta nueva perspectiva exigía profesionales formados, ayudas visuales adecuadas y, sobre todo, un enfoque multidisciplinar.

Un cambio tangible en el abordaje del paciente

La transformación del sector se refleja en la manera en que hoy se atiende a las personas con baja visión. La evaluación funcional que se realiza en la actualidad es más completa. Medimos la sensibilidad al contraste, el campo visual útil, la velocidad lectora y el comportamiento frente a la luz. La intervención ha pasado de centrarse en el dispositivo óptico a contemplar estrategias combinadas: ayudas ópticas y electrónicas, entrenamiento visual, adaptación del entorno, educación postural y asesoramiento psicosocial.

Del mismo modo, se ha reconocido la importancia de la atención temprana. Gracias a la sensibilización y formación promovidas por muchos optometristas, cada vez más profesionales detectan signos de baja visión antes de que el paciente experimente limitaciones severas, lo que mejora significativamente los resultados rehabilitadores. Hay que tener muy en cuenta la mayor expectativa de vida de la población de los países desarrollados, así como la utilización de dispositivos electrónicos. El paradigma de los pacientes ha variado radicalmente en los últimos años. Ha pasado de no poder hacer otra cosa que ver la televisión, a trabajar con el PC o usar el móvil sin límite en muchos casos.

La integración en equipos multidisciplinares

Otro hito del progreso español en baja visión, siguiendo el modelo anglosajón, ha sido involucrar a distintos especialistas de otras profesiones en la atención del paciente de baja visión. De hecho, en el último congreso internacional organizado por la Seebv celebrado en Madrid, tuvo especial relevancia la participación de oftalmólogos, neurólogos, psicólogos, rehabilitadores, entre otros, junto con optometristas, para promover la atención multidisciplinar que requiere el más de un millón de pacientes con baja visión que se calcula que hay en España.

La detección precoz de patologías oculares como degeneración macular asociada a la edad (DMAE), retinosis pigmentaria, retinopatía diabética, etc., así como otras que afectan al polo anterior, ha hecho de esta especialidad, en trámites de reconocimiento, una nueva oportunidad para los nuevos graduados en optometría; no en vano, empieza a haber en la sanidad, tanto pública como privada, optometristas dedicados a la atención de estos pacientes. Hace no muchos años, estos nos eran remitidos cuando los tratamientos farmacológicos o quirúrgicos no permitían mejoría en la visión.

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Actualmente se ha conseguido, y supone un paso gigante, empezar el tratamiento con ayudas visuales desde el principio de la detección de la patología, lo que conlleva un importante ahorro a las arcas públicas —se estima que cada dólar invertido en la prevención y primeros estadios de las enfermedades oculares supone el ahorro de 28 dólares— y, lo que es mucho más importante, el deterioro de la calidad de vida del paciente es mucho menor.

Igualmente, para el optometrista se ha abierto un nuevo campo de trabajo enfocado a tratar a las cada vez más frecuentes personas que sufren daño cerebral adquirido, que antes se veían relegadas al tratamiento neurológico y oftalmológico únicamente y que actualmente son tratados de manera conjunta de una forma interdisciplinar, con lo que los resultados son cada vez más esperanzadores.

Nuevas ayudas para una especialidad en expansión

La incorporación de ayudas electrónicas a la baja visión ha supuesto un paso adelante en la mejoría de la calidad de visión de los pacientes, así como su universalización. Igualmente, la disminución de la inversión del paciente en estas ayudas ha permitido su uso generalizado. Igualmente, la adaptación de nuevas lentes de contacto nos ofrece mayores posibilidades de éxito en ellos. Ha supuesto un hito la incorporación de filtros selectivos en su composición, pese a la dificultad que su fabricación supone.

Pese a la edad de oro que vive la baja visión para los nuevos optometristas, hay todavía campos que hay que explorar, y dos de ellos son de obligatorio abordaje. El primero de ellos supone la incorporación de nuevas ayudas visuales para mejorar la deambulación en personas con problemas de campo periférico. Pese a que existen ayudas tecnológicas muy sofisticadas, todavía no se ha logrado su incorporación de manera extendida en pacientes que sufren estos problemas.

El segundo reto que debemos abordar como especialistas, debido a la idiosincrasia del paciente con baja visión, es la telerrehabilitación. Debido al mayor acceso de pacientes de núcleos urbanos pequeños, en los que la baja visión supone un importante problema de desplazamiento y la inviabilidad de la existencia de centros especializados, la rehabilitación supone un nuevo freno en la adaptación de las ayudas, así como en su seguimiento. Por ello, es imprescindible la implantación de la telerrehabilitación. Además, debemos tener en cuenta que la edad del paciente con baja visión ha disminuido por la detección precoz, así como el acceso a sistemas telemáticos ha mejorado en todos los nichos de la población. Igualmente, la inteligencia artificial va a ocupar un lugar importante, tanto en la adaptación de ayudas visuales como en su rehabilitación.

En definitiva, la baja visión supone una nueva e ilusionante salida para todos los optometristas. En poco tiempo, y siendo como somos los primeros profesionales a los que recurre el paciente en los problemas relacionados con los ojos —y la visión—, es nuestra obligación detectar, que no diagnosticar, patologías, pero sí derivar en unos casos y proponer soluciones en otros, a quien acude a nuestra consulta.

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